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5 aprendizajes de mis últimas entregas

«Nunca pierdo, siempre aprendo», es una de mis frases favoritas. Es una actitud bastante optimista para cuando suceden cosas que uno no esperaba y que realmente dan ganas de llorar o patalear.

Al día de hoy, el 70% de mi trabajo son proyectos. Desde decorar algunos espacios de un casa hasta hacer el interiorismo, la deco y la mudanza de hasta la última cuchara en otra. El servicio que brindamos desde el Estudio se adapta a las necesidades de cada cliente y eso me encanta: no hay dos proyectos iguales.

Pero, siempre hay un pero, en todo proyecto hay cosas que salen mal. Creo firmemente que todo se puede resolver, el tema cuando se trata de obra o de muebles es que a veces las soluciones demoran mucho tiempo y son caras, entonces hay que ser creativo. Y claramente tratar de reducir los problemas a la mínima expresión, que es mi gran objetivo todo el tiempo.

En los últimos dos meses y medio entregamos cinco proyectos. Es un montón para tan poco tiempo y para la atención que me gusta dedicarle a cada uno en la recta final. Pero no fue una mala planificación de mi parte, sino entregas demoradas de obra totalmente ajenas a mí. En toda entrega siempre aprendo mucho, ¡y en cinco tan seguidas un montón! Acá van algunos aprendizajes:

  1. Dejar todo, pero todo, documentado

Esto es una obviedad, lo sé. Pero en tiempos de WhatsApp muchas decisiones se charlan por ahí y después se pierden en la estratósfera.

Con mi equipo mejoramos MUCHÍSIMO este tema en 2023, y estoy feliz y orgullosa por eso. Pero igualmente quiero mejorar más en 2024. Optimizamos las planillas que usamos e implementamos un sistema de status semanal a cliente (para proyectos con mucha coordinación y ejecución). De esta manera, las definiciones o respuestas que se dan por WhatsApp nos quedan registradas en un email y evitamos las dudas. Por ejemplo, en un proyecto que demora 8 meses, a mitad de camino nos surge la duda «¿en qué quedamos al final con las sillas del quincho?». Revisamos emails de status hacia atrás y recordamos que hace dos meses la clienta dijo que ese tema lo dejaba en stand by. Parece obvio acordarse de eso, pero en un proyecto grande son miles de decisiones concatenadas (sin exagerar) y al menos mi mente con el tiempo se olvida o se mezcla de proyecto. Por eso, cuanto más documentado todo, ¡mejor!

2. Nunca poner fecha de entrega si hay una obra que no depende del cliente

Que quiero decir con esto, que si hay una entrega que no depende de una relación directa entre cliente y arquitecto/a, nunca más prometo nada. Lo que me pasó puntualmente es que un proyecto era en un edificio que tenía fecha de entrega a mitad de año, después fue septiembre, después fue noviembre y terminó siendo para Navidad. Armar un proyecto de cero lleva días de trabajo y meses de planificación. Hay cosas acopiadas, rubros contratados, y andar moviendo todas esas fechas a medida que la obra se estira es un desgaste tremendo.

La conclusión es que puedo ir haciendo mi trabajo, pero esa coordinación final (que hay que hacerla prácticamente con un mes de anticipación), no la hago más hasta que el cliente haya recibido posesión y esté conforme con lo que la constructora entregó. Recién ahí me pongo nuevamente a bailar.

3. Las cortinas ocupan más de lo que creemos

Paso de un tema súper complejo como el armado total de un proyecto a uno tanto más simple como cuánto ocupa una cortina apilada.

¡Pero es re importante! Personalmente, me gustan los dobles cortinados en casi todos los ambientes y más en las habitaciones (cortina blackout + cortina liviana en riel o barral). Y siempre la idea es que haya una garganta de al menos unos 15/20cm. El tema es que, cuando la cortina blackout apila, ocupa mucho más que esos 20cm (y más aún si es un ventanal grande).

Entonces lo que me pasó en este último proyecto fue que calculamos las medidas de toda la habitación principal contemplando esos 20cm de cortina y claramente fue poco. El resultado: apilaba la blackout sobre la mesa de luz.

¿Y estarás pensando en que por qué no corrí todo y listo? Porque habíamos hecho un respaldo varillado de madera en el que ya estaban caladas las teclas de luz. Casi colapso porque es lo que les decía antes: se puede resolver, pero es tiempo y es mucha plata.

Finalmente un carpintero amigo hizo una especie de magia. No quedó perfecto como al principio, pero logramos mover todo para dejar más espacio a la cortina, tapamos lo mejor posible los calados para las teclas de luz y zafó. Preferí que no quede al 100% estéticamente pero que le quede funcional a mis clientes en el día a día. Si no hacía esto, me iba a zumbar el oído todas las mañanas. Y ahora lo escribo y parece bastante trivial, pero estuve maquinando este tema dos noches seguidas porque no podía creer que me había pasado eso.

4. Nada al ras

Esto está un poco relacionado también con lo de las cortinas, pero me pasó con otras cosas también. Por ejemplo, una clienta tenía una madera que quería reutilizar como tapa de mesa, entonces se la llevó el carpintero para que quede de 0,60x2m (tenía que ser angosta porque era para un balcón).

La cuestión es que el carpintero la hizo de 0,58cm en vez de 0,60cm y no nos avisó, ese fue el problema número 1. El problema número 2 fue que el herrero ya había hecho la base, pedida por nosotras bien al ras, pero en vez de hacerla de 2m la hizo de 2,10m. Ja. Lo escribo, me acuerdo y es de no creer. Claramente la tapa no encajaba en la base, esto me estaba sucediendo en Bariloche, y la tapa no podía agrandarse. Lo resolvió el herrero que por suerte había comedido parte de error, pero todo es una piedra en el camino. Si la base la hacíamos más central y no al ras, estos problemas no los teníamos.

Y lo mismo me pasó con un sofá a medida que yo quería que quede perfecto de pared a pared. Entró, sí, pero demasiado justo para mi gusto porque sufrí en el mientras tanto. Yo había dejado 4cm de margen y en el taller hicieron los módulos milímetros más grandes de lo solicitado. Casi casi no entra.

La conclusión es que, aunque estéticamente me gusten ciertas cosas al ras, para evitar dolores de cabeza es mejor no hacerlo.

5. Abrir todo cuando llega

Esta es medio difícil, porque muchas veces las cosas están tan bien embaladas que si no se van a usar ya, abrirlas da pena porque quedan desprotegidas. Pero, me ha pasado de abrir más de una cosa después de meses y que no esté en condiciones.

En estos meses puntualmente me pasó con unos veladores, que a uno de los dos le faltaba el embellecedor que ajusta a la tuerca de arriba (y como los veladores eran algo delicado los abrí a dos días de entregar la casa y me encontré con un problema que no tenía) y también con una lámpara de pie que al sacarla de la caja tenía una parte floja. O un puff que llevaba una tirita de cuero y me la mandaron de un color que no era el elegido.

Para todos los proyectos en general se acopia un montón y repito, no estoy a favor de abrir mucho las cosas más si se ve que están bien en proporciones y calidad sin sacar todos los plásticos. Pero con ciertas cosas (más aquellas que ya no tendrían devolución), es útil hacerlo.

¡Ahí están los cinco aprendizajes! Qué catarsis la mía. Creo que si nadie lee esto no importa, necesitaba contarlo y dejarlo por escrito para mi yo del futuro, ja.

Y tal como dije al principio, «Nunca pierdo, siempre aprendo». Y eso vale para todas 🙂