Soy de las que disfruta mucho tener la cocina conectada con el resto de la casa.
Me gusta poder estar cocinando mientras los demás están en el comedor, charlando o haciendo cualquier otra cosa. Para mí, tiene mucho sentido que estos dos espacios estén relacionados porque son de los lugares que más usamos en una casa.
Pero también hay algo que no me gusta tanto: cuando estoy cocinando, muchas veces termino con toda la casa llena de olor a comida.
Y ahí es cuando agradezco tener una puerta.
Por eso, si me preguntás a mí, mi opción ideal es bastante concreta: una cocina integrada, pero no tanto.
¿Qué me gusta de una cocina integrada?
Principalmente, la conexión.

Cuando la cocina está abierta al comedor, no sentís que quien está cocinando quedó aislado del resto de la casa. Podés seguir conversando, recibir gente o estar con tu familia mientras preparás la comida.
También me gusta porque visualmente hace que los espacios se sientan más conectados.
Y hay algo práctico: si tenés una cocina chica, integrarla al comedor puede hacer que todo el espacio se perciba mucho más amplio.
Pero para mí hay una contra que pesa bastante.
El problema de una cocina completamente abierta
Los olores.
No importa cuánto me guste una cocina integrada: hay días en los que simplemente no quiero que el olor de lo que estoy cocinando llegue hasta el living.
Y no es solamente el olor.
Cuando cocinás, también aparecen platos, ollas, bolsas, cosas apoyadas en la mesada y ese pequeño caos que forma parte del proceso.
Si la cocina está completamente abierta, todo eso queda a la vista.
Por eso me gusta tener la posibilidad de cerrar.

¿Y una cocina cerrada?
Una cocina independiente tiene algo que para mí es muy práctico: podés cerrar la puerta y listo.
Si estás cocinando algo con mucho olor, si tenés la cocina desordenada o simplemente querés separar un poco los espacios, podés hacerlo.
También puede ser una buena opción si no te gusta tener todo permanentemente a la vista.
La contra es que perdés un poco esa conexión con el resto de la casa.
Si estás cocinando, por ejemplo, quedás bastante más aislado del comedor.
Mi opción: integrada, pero con posibilidad de separar
Por eso, si hoy tuviera que diseñar una casa desde cero, volvería a elegir una cocina integrada, pero con alguna forma de poder separarla cuando haga falta.
Puede ser una puerta corrediza, una puerta vidriada, un cerramiento de hierro y vidrio o cualquier solución que permita abrir y cerrar según el momento.
Para mí, lo interesante es no tener que elegir entre una cosa o la otra todo el tiempo.
Hay momentos en los que quiero la cocina completamente conectada con el comedor.
Y hay otros en los que quiero cerrar una puerta y olvidarme de que la cocina existe.

¿Y cómo lo resolví en mi casa?
En mi casa tengo justamente esa posibilidad.
La cocina tiene puerta, así que puedo separarla del comedor cuando quiero.
Lo que cambiaría es la puerta.
No me resulta demasiado práctica, no me gusta estéticamente y, por esas dos razones, termino usándola mucho menos de lo que imaginaba.
Y esto también me parece importante cuando pensamos estos espacios: no alcanza con tener la posibilidad de cerrar. Tiene que ser cómodo hacerlo.
Si para cerrar una cocina tenés que mover algo, hacer fuerza o la puerta directamente te resulta incómoda, probablemente termines dejándola abierta casi siempre.
Eso es exactamente lo que me pasa a mí.

Si me preguntás a mí…
Volvería a elegir una cocina integrada.
Pero esta vez pensaría mucho mejor cómo separar la cocina del comedor cuando lo necesito.
Porque para mí la combinación ideal es poder tener las dos cosas: la conexión de una cocina abierta y la posibilidad de cerrarla cuando estoy cocinando o simplemente quiero esconder el desorden.
La pregunta, para mí, no es solamente si la cocina va integrada o cerrada.
También es: ¿qué tan fácil quiero que sea separarla cuando haga falta?



